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Vivía por y para la escalada. Viajaba porque no podía estar quieta. Pionera por ser mujer, por dedicar su tiempo a Yosemite, escritora compulsiva. Dicen que Miriam García Pascual bebió la vida a grandes tragos. Murió joven. Sus textos dejan una huella mayor que el espacio que ocupan.

Publicado en Desnivel.com. Foto, Darío Rodríguez

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“Hoy cumplí 25. Un numero redondo y chillón… de persona mayor”, escribió Miriam García Pascual en 1988 cerca del Alpamayo. Año y medio después murió en el Meru Peak, en el Himalaya indio, a pocos días de alcanzar la edad maldita en la que se dice que han nacido algunos mitos. Antes de coger el último avión dejó entregado un manuscrito que, con el tiempo, se ha convertido en mucho más que poesías y dibujos que dan para llenar un libro fino: Bájame una estrella es un texto fundacional, el primer título que publicó Ediciones Desnivel, “ese que todos recomendamos cuando queremos que alguien ajeno entienda la montaña y nuestros valores”, dijo Darío Rodríguez.

Los versos de Miriam congelan el empuje de la juventud que se mueve con alas largas:

A veces sueño con una casita en el campo y un príncipe azul.
Pero en el fondo sé que no puedo; me falta valor para afrontar la vida
cotidiana, la rutina de un trabajo o el compromiso de un amor;
nací pájaro y miro con envidia a la gente que es feliz en tierra,
como el rebeco mira con nostalgia el vuelo de las águilas.

Las imágenes que se conservan de ella también son una caja de los recuerdos: tienen el grano clásico del carrete, los pies de gato que se ven son ochenteros y ella es una chica siempre joven que hoy pasaría de los cincuenta, como su amigo Juanjo San Sebastián(“¿Os he dicho que estoy ya prejubilado?”, repetía). Él fue quien dio forma al documentalBájame una estrella después de que Miriam muriera mezclando fotos, retazos de su diario y entrevistas a la madre y a su amiga Mónica Serentill, también ilustradora del libro. El resultado se emitió en la televisión vasca a principios de los noventa y pocas veces más se ha proyectado en público hasta la semana pasada, cuando sirvió de excusa para reunir a Juanjo, a Sebastián Álvaro, a Pedro Nicolás, a Carlos Suárez, a Juanito Oiarzabal, a Alberto Zerain y a otros amigos montañeros que, de una u otra forma, conocieron a Miriam. También estuvo, aunque llegó a última hora, Alex Txikon, recién llegado de la cima del Nanga Parbat invernal.

Volar lejos, marchar. Esa era su naturaleza

“Ella representó el despegue del alpinismo femenino. Fue un tiempo en el que ellas escalaron de verdad”, recordaba San Sebastián. “Se convirtió en una referencia porque ganó una de las primeras competiciones que se celebraron en nuestro país, en Patones (1986), y luego hizo una campaña enorme en Yosemite, fue la mujer del mundo que más grandes rutas coleccionó en El Capitán, uno de los grandes símbolos de la escalada”.

Casi salto del autobús al ver aparecer El Capitán. Era el tercer
año y sin embargo parecía el primero. El «Capi» tiene
un corazón de piedra, un corazón grande y bonachón,
en él guarda las ilusiones de mucha gente que puso
un sueño en su corpachón de granito”.

Estos versos pertenecen al diario que escribió en un viaje de siete meses por América junto a su compañero Jesús Bueso ‘Risi’, en el que estiraron las 350.000 pesetas de una beca que le había concedido el Gobierno de Navarra. Con ese dinero viajaron y escalaron desde Yosemite a la Patagonia. Volar lejos, marchar. Esa era su naturaleza según cuentan los que la conocían:

“Nació con una estrella que la obligaba a navegar, esa era su maldición. Era una persona incapaz de no ser libre, mientras la inmensa mayoría no son capaces de ser libres porque la libertad es desoladora, es soledad, es un montón de cosas que casi nadie puede soportar. Miriam se acercaba mucho, era incapaz de quedarse quieta durante mucho tiempo”, recuerda San Sebastián. “Había cosas que le interesaba hacer y eso era más importante para ella que ser feliz”. Algunos versos lo confirman: “Elegí la libertad como compañera de viaje y ella no sabe de ternura y soledad”, escribía en su diario.

Bájame una estrella sigue reconfortando a quienes sienten el flechazo de la montaña

Sebastián Álvaro coincidió con ella en los primeros programas de Al filo de lo imposible y recordó su “sentido del equilibrio, ese que le hacía danzar sobre la punta de sus pies”. También dijo algo que parece estar detrás de las palabras de más de un amigo de Miriam: “Nosotros nos hacemos mayores y ella te hace pensar en el recuerdo de la gente que nos ha hecho como somos”.

En el recuerdo de Miriam está congelada su juventud dispuesta a hacer de la escalada una meta y un horizonte absoluto. En las decisiones que tomó se intuyen los aires de apertura que siguieron a la Transición, “cuando la libertad era un clamor”, contaba Pedro Nicolás. Su imagen, que no cambia con los años, es también la nostalgia por el pasado de quienes la han sobrevivido.

En 1991 Juanjo San Sebastián contaba en el prólogo de Bájame una estrella cómo Miriam parecía intuir su destino:

Para ti salir de Pamplona, salir de Europa era algo casi cotidiano, pero aquel día de finales de abril, y a diferencia de otras veces, quisiste despedirte. Tu intuición de mujer te lo advirtió, pero ya te habías decidido a no hacerle caso. Era una primavera marchita, reseca, de tonos ocres y amarillentos e interrumpidos días de sol plomizo aunque a veces para ti estuvieran grises y lloviera, e incluso nevara […] Saliste recelosa, deseando demostrar su error a tu intuición y, mientras, seguiste escribiendo como tú sabías hacerlo. Un 20 de mayo tu diario se quedó en blanco.

Bájame una estrella, ocho ediciones después de su primera publicación, sigue reconfortando a quienes sienten el flechazo de la montaña y juran que darían su vida por ella:

Con estas páginas sólo trato de explicar
una forma de vida, dar respuestas a esas preguntas que siempre hacen las
personas mayores, preguntas que jamás
haría un niño: ¿por qué escalas?,
¿por qué vives así?, ¿realmente merece la pena?
Probablemente no lo consiga y solo lo comprenda la gente que ha elegido
lo mismo, no hay fórmulas mágicas
para ser feliz. Me conformo con
haceros pasar un buen rato, a mí me gustó escribirlo y es suficiente.

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