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“Quiero que seas doctor, abogado, ingeniero, no un deportista”, le pedía la madre de Karl Egloff cuando era joven. Hoy, a punto de cumlir 34, este corredor suizo-ecuatoriano ha superado los récords de speedclimbing que tenía Kilian Jornet en el Kilimanjaro y el Aconcagua. Así fue su paso por la Librería Desnivel.

Publicado en Carreras por montaña.com. Foto, Darío Rodríguez

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Si oyes hablar a Karl Egloff (Quito, 1981) y no lo ves, crees que es ecuatoriano: pronuncia suave, entona sudamericano, dice cosas como “qué chévere”. Los que llegaron el jueves por la tarde a la Librería Desnivel antes de que empezara su conferencia se encontraron primero con la parte suiza: un chico rubio de piel clara. Se entendió la mezcla cuando cogió el micrófono: “mi madre es ecuatoriana y mi padre es más suizo que el queso”.

Deberíamos empezar esta crónica por los dos datos más mediáticos de la biografía de Karl, a saber: tiene los récords mundiales de speedclimbing en el Kilimanjaro y el Aconcagua y, más noticioso todavía, se los ha arrebatado al prodigioso Kilian Jornet. Ese era el reclamo que reunió al público en la librería y eso prometían contar las fotos del proyector, pero Karl Egloff es montañero y sabe que no hay cumbre sin preparación previa. Por eso habló primero de su vida, de sus sueños juveniles, de los problemas que afrontó en la adolescencia y de cómo buscó su lugar en el mundo del deporte. Toda esa aclimatación previa para los récords que han venido después. Nosotros seguiremos su huella:

“Para mi generación es imposible, pero tú seguro que vas a tener esa cima dentro de los ojos”

Karl Egloff nació en Ecuador y recibió educación suiza en la escuela y también en casa, donde colgaba una foto de los 14 ochomiles que tantas veces aparece repetida en las biografías de otros montañeros. “¿Cuánto cuesta ir a ese pico?”, le preguntaba de niño a su padre, que era guía de montaña. “Para mi generación es imposible, pero tú seguro que vas a tener esa cima dentro de los ojos”, le respondía él. Karl creció en los refugios mientras esperaba a que su padre regresara con los clientes, un dato que no quiere decir nada más que eso, porque su pasión por las montañas es igual de grande que el aburrimiento que les producen a sus dos hermanas mayores.

“Hijo, haz lo que sea menos guía de montaña”, le pedía su madre de pequeño. “Quiero que seas doctor, abogado, ingeniero, no un deportista”, le pedía cuando era más mayor. “Yo lo intenté”, bromea el Karl de hoy al borde de los 34 y con su carera como deportista profesional a punto de despegar con el patrocinio de la marca Mammut. Para llegar hasta este punto ha tenido que dar muchas vueltas por el mundo. Literalmente.

Lejos del deporte

Su familia lo mandó a estudiar a Suiza, después ganó algo de dinero en trabajos juveniles dispares, consiguió un puesto como guía turístico en Turquía, en Egipto, en Venezuela; se empeñó en ser futbolista con muy poca fortuna; apareció el ciclismo para darle sus primeras glorias. Después se hizo guía de montaña, lo contrataron en una empresa y en los ratos libres corría.

Un día de 2014, su superior lo llamó al despacho y pensó que lo iban a despedir, aunque lo que oyó le causó un impacto aún mayor: el jefe le dijo”Kilian Jornet”, le dijo “récords de montaña”. Es en este punto donde arranca la historia mediática de Karl Egloff, esa que cuenta que descubrió a Kilian por primera vez, que se estudió su libro Correr o morir, que leyó que a 4.700 metros el catalán había empezado a sufrir en su ascensión al Kilimanjaro y que vio la oportunidad de hacerlo mejor porque en su casa de Ecuador podía entrenar en altura. Voló a África y el pasado agosto lo consiguió: “El récord del Kilimanjaro era un juego de ajedrez. Tenía anotados en mi cabeza todos los tiempos de Kilian”.

¿Qué hace un tío corriendo a contrarreloj en una montaña?

Cuando regresó a Sudamérica la prensa le planteó una pregunta con la que tiene que lidiar a menudo. ¿Qué hace un tío corriendo a contrarreloj en una montaña? Su padre fue el primero en hacérsela unos años antes. “Para mí es una vergüenza, nosotros somos guías de montaña, el ejemplo para otros turistas”, le dijo en 2012 cuando empezó con el speedclimbing.

“Se está rompiendo el tradicionalismo de ir despacio en la montaña, de la aclimatación, por eso les doy la razón a quienes ven lo que hago como un deporte nuevo. De todos modos, la persona que sube tiene eltradicionalismo detrás: pasa semanas en la zona, estudia, aclimata, aunque el día del récord vaya como el ganado sin ver nada más. Si no, creo que es faltar el respeto a la montaña” argumenta, y cuenta que su padre también está convencido y satisfecho con sus razones.

Récord en el Aconcagua

El siguiente reto ha sido el del Aconcagua hace pocas semanas. La primera marca que podría haber superado fue el récord de ascensión deJorge Egocheaga, aunque sus tiempos no estaban claros: “Soy competitivo. En el parque no existe ningún registro de Jorge, por eso nos quitamos de la cabeza el récord de ascenso, queríamos el completo. Eran 3 minutos menos y lo podíamos haber roto, pero no nos interesaba”.

En su cabeza estaban las marcas de Kilian y todo el equipo trabajó para que las pudiera mejorar. Karl menciona varias veces la ayuda que le prestaron sus compañeros e insiste en nombrar a su compatriota y amigoNicolás Miranda, también guía de montaña, quién le hizo de liebre y le llevó la mochila hasta la cima del Aconcagua, donde terminó con hipotermia. La bajada en solitario de Karl fue épica: “Era literal que cambió el clima, tenía la nieve en la espalda, corría para que no me agarrara la nube”.

Llegó a la meta y paró el reloj 57 minutos antes que la anterior marca. Entonces se confirmó la etiqueta que todos le cuelgan: Karl Egloff, el corredor que destrona a Kilian Jornet.

“Que Kilian baje los tiempos es lo mejor que me ha pasado, me encantaría conocerlo y hacer un proyecto con él”

“Quiero aclarar que no es nada personal con él, yo no lo conocía hasta hace un año. Kilian ha revolucionado este deporte, ha puesto nuevos niveles, que baje los tiempos es lo mejor que me ha pasado, me encantaría conocerlo y hacer un proyecto con él. Kilian marca los tiempos, las formas, es un referente. Yo me defiendo como deportista buscando las montañas que ya tengan récords, no puedo escoger cualquiera, tiene que ser una que la gente conozca, y Kilian me abre todas las puertas”.

Karl se declara amante de la montaña, la siente, habla con ella, pone las manos en las piedras. “Aconcagua, -pidió antes del récord- regálame un día lindo y trátame bien. Puedes mojarme o llenarme de nieve”. Las rocas son un lugar energético para él y cuenta que tiene instinto, que le hace más caso a la montaña que a la meteorología.

¿Hacer cumbre es el mejor momento para un amante de las rocas?, le preguntamos. “La gente habla de la cima, de ese momento tan concreto, pero el mejor es cuando regresas y sueñas con la siguiente”. ¿Y cuál va a ser? “El McKinley y el Mont Blanc”. Entonces, como al principio de esta crónica, aparece su lado más suizo en forma de planificación: “En diciembre me casaré, en 2017 tendré un hijo y también subiré al Everest”.

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