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Publicado en la revista Anoche tuve un sueño

Tomates rojos y firmes que esconden el secreto de la juventud duradera (envejecen más despacio por una alteración genética). Fresas retocadas con mejor sabor para consumir fuera de temporada. Salmones gigantes que engordan en la mitad de tiempo que sus parientes salvajes, soja inmune a los pesticidas y arroz enriquecido con vitaminas nuevas. Los inventos de laboratorio han llegado a nuestro plato. ¿Qué tenemos hoy para comer?

Los alimentos modificados genéticamente son el smartphone de la agricultura, una virguería técnica que mezcla mundos lejanos en un objeto que cabe en una mano. Una gran macedonia donde seres vivos de todos los reinos pueden combinarse para dar con el producto perfecto, aunque después no todos lo quieran en su mesa.

La Organización para la Agricultura y la Alimen­tación de las Naciones Unidas defiende el uso de la comida modificada si pasa todos los controles de seguridad. También lo apoya la Organización Mundial de la Salud. En contra, grupos como Greenpeace y otros activistas auguran daños para las personas, para el medio ambiente y denuncian una red de intereses donde ganan las multinacionales. Y en medio del debate, una esperanza jugosa: la de acabar con el hambre en el mundo.

Berenjenas indias

Hace tiempo que las semillas transgénicas pretenden a la India, el segundo país más poblado de la Tierra, donde las bocas hambrientas se cuentan de millón en millón. Pero el asunto se ha atascado alrededor de una berenjena más resistente a las plagas que promete hacer más feliz la vida de los agricultores. Los laboratorios presionan y resaltan las bondades del nuevo producto, que requiere menos gasto en pesticidas, y el gobierno no se fía de los efectos que pueda tener en el estómago. Si no se reciben informes fiables, la nueva berenjena no podrá cultivarse en el país.

Mientras tanto, en el Instituto de Ingenieros Mecánicos del Reino Unido echan cuentas y calculan que entre un 30% y un 50% de toda la comida producida en el mundo se pierde antes de llegar a nuestra boca. Los supermercados de los países ricos descartan productos en buen estado si algún defecto físico arruina la perfección necesaria para brillar en las estanterías. También las familias compran más de lo que consumen. En otros lares, la comida se pierde por falta de infraestructuras. En la India se tiran cada año 21 millo­nes de toneladas de trigo porque el país tiene malos sistemas de almacenaje y distribución. Ni siquiera en los programas de nutrición pública que controla el Gobierno se consigue una tasa de desperdicio moderada.

Los ingenieros británicos, también magos con las filigranas técnicas, proponen invertir en carreteras de larga distancia que conecten los campos con los puertos, en silos y tanques herméticos donde almacenar el grano con seguridad y en inventos para garantizar el suminis­tro eléctrico allí donde se necesita. Medidas menos invasivas que respetan esa primera norma que nos enseñaron en la mesa: ‘Niña, con la comida no se juega’.

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