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 Publicado en Eldiario.es

Una señora con canas agarra una hoja delante de la pizarra. Lee y canta el himno de Nepal mientras sus compañeras de clase siguen con el dedo la letra fotocopiada que tienen sobre el pupitre. Estamos en el medio de la historia. El principio diría así: Sarada Mainali no sabía leer ni escribir y su marido trabajaba como secretario de un político. Ella asistía a reuniones con otras mujeres del partido y disimulaba el apuro porque todas firmaban un documento al final y ella no sabía cómo. “Le pedía a una amiga que lo hiciera por mí”.

Ahora Sarada tiene sesenta años y aprende a leer y escribir en un curso de alfabetización para mujeres financiado por Amics del Nepal (amigos del Nepal), una ONG de Barcelona que opera en Katmandú, la capital del país. Su historia tendrá un buen desenlace en octubre cuando termine el curso y reciba su diploma, pero la suerte de la siguiente tanda de alumnas aún debe decidirse: la crisis española ha dejado sin fondos a la organización y nadie sabe si en diciembre podrán empezar otra vez las clases.

En el aula donde canta Sarada hay una colección de anécdotas fruto del analfabetismo. Alguien se llevó una receta médica que no era suya porque no supo reconocer su nombre en el papel. Una compañera no podía encontrar la habitación de los parientes ingresados en el hospital y otra cuenta que no usaba el móvil ni la calculadora porque los números le parecían líneas sin sentido. Casos prácticos que le ponen cara a las estadísticas de Nepal, un país de veintiséis millones y medio de habitantes donde el 42% de las mujeres son analfabetas.

En el curso hay chicas de muchas edades pero la mayoría tiene un perfil común, el de cuidadora: de las tierras, del ganado, de los hermanos, de los hijos, del marido, de los suegros. Nepal es un estado en desarrollo con una fuerte cultura patriarcal y las familias invierten, si es que pueden, en la educación de los hombres. Los diez años de guerra civil que acabaron en 2006 no ayudaron a mejorar la situación: “Yo quería estudiar pero había restricciones. Además, tenía que cuidar a los animales”, explica Sabita Thapa, de 35 años.

Colegio para señoras

Casi todo el dinero para financiar los cursos se consigue en España. “Nepal no es un país prioritario para el Gobierno, pero siempre hemos conseguido fondos”, asegura por Skype Mercedes de Hériz, consultora de Gestión de la ONG en Barcelona. Hasta este año. Los recortes en las partidas de cooperación les han dejado la cuenta vacía y aunque han reunido pequeñas aportaciones y la subvención de algún ayuntamiento, el dinero no es suficiente para preparar la siguiente vuelta al cole. “Hasta el momento nos ha salvado la aportación de última hora, confío en encontrar los medios”.

De ser así, en noviembre empezarán las reuniones en la sede de Katmandú, una casa bajaen un cruce del distrito de Chabahil donde convergen muchos cables de la luz. No es ninguna indicación precisa, toda la ciudad es así, una maraña de cuerdas negras sobre la cabeza. Varias asociaciones de barrio buscarán candidatas para formar los grupos de alumnas y de profesoras que después se encontrarán durante diez meses, dos horas al día, seis veces por semana.

El coordinador del programa en Nepal, Mohan Tiwari, explica que es importante que todas sean vecinas para que se conozcan entre ellas, pues si alguna falta a las clases, cualquiera puede ir a su casa para preguntar por qué. Mantener la asistencia regular requiere esfuerzo en un país donde la educación aún debe ganar valor. Este año sólo han aprobado los exámenes equivalentes a la Selectividad el 41% de los alumnos que se han presentado. Mirada con más detalle, la estadística aún dice cosas peores: suben la media los pocos estudiantes que pueden permitirse la educación privada. Los que se forman en escuelas públicas, que son tres cuartas partes de los jóvenes, apenas alcanzan un 27% de aprobados.

Para muchas mujeres del curso ésta es su primera experiencia en una clase y eso se nota hasta en los gestos más básicos. “Algunas no saben coger el lápiz para escribir y hay que moverles la mano. También son tímidas, pero luego todo evoluciona”, cuenta la profesora Laxmi Subedi. “Hablan delante del grupo, responden a las preguntas, se les nota el cambio hasta en la manera de vestir”, puntualiza Tiwari.

A mitad de curso, las alumnas pueden leer sus libros de letra muy grande y hacer dictados cuyas palabras murmuran sílaba a sílaba antes de escribirlas en el papel. Son señoras, pero aprenden como los niños. “Estudia muchas cosas con el uniforme de colegiala”, bromean los padres de Kusum Lama, de 45 años. “No me llevasteis al colegio cuando era niña y ahora os voy a demostrar de lo que soy capaz”, dice ella que les contesta. Y mientras cuenta esto, otra alumna de más edad protesta porque cree que no debe culpar a los padres, que fueron las circunstancias. El debate se anima y se escuchan más opiniones. Todos aseguran que estas mujeres eran muy tímidas al principio.

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