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Publicado en la revista ‘Anoche tuve un sueño

Principios de junio en el estado de Gujarat, al oeste de la India. Una inusual brisa fresca se cuela por las ventanas abiertas y avisa de lo que llega poco después: una gran tormenta, la primera desde hace meses, la que marca el inicio del monzón y el final del verano. Muchos se asoman a los balcones y miran cómo la calle se llena de niños que saltan de charco en charco. También salen algunos adultos, pero no pueden imitarlos y se conforman con pasear bajo la lluvia con las palmas de las manos extendidas, la camisa mojada pegada al cuerpo y el pelo negro empapado. No cumplen con ningún rito, sólo es alivio espontáneo. El verano indio pone los termómetros a más de cuarenta y tres grados durante semanas y la gente está ansiosa por recibir el bálsamo del agua fresca.

Mientras tanto, cuatro ríos enfermos fluyen por la región. El Sabarmati, el Vishwamitri, el Tapi y el Aji. Podrían ser un pulmón para las congestionadas ciudades por las que discurren, pero son un gran vertedero donde particulares, empresas y organismos oficiales abocan sus deshechos, un combinado venenoso que excede por mucho cualquier baremo medioambiental. A su paso por Ahmedabad, el Sabarmati es incapaz de albergar vida acuática porque su valor de oxígeno disuelto en el agua es cero. En la ciudad de Vadodara, una colonia de cocodrilos todoterreno se ha adaptado a la toxicidad del Vishwamitri y ha conseguido reproducirse en una corriente muerta. El secreto: su supervivencia no depende del oxígeno del río.

Al tiempo que caen las primeras gotas del monzón, quizá algunas mujeres piensen que mañana no tendrán que apresurarse para buscar agua. Varias zonas rurales ha sufrido una fuerte sequía este verano y sus habitantes más pobres han recorrido kilómetros al sol hasta llegar a los pozos comunes. El precio por litro se ha disparado, el ganado ha sobrevivido a duras penas y el fondo de las vasijas se ha apurado hasta quedar seco. “Vengo directamente a la cola del agua después del colegio porque si no me uno a mi madre y a mi hermana mayor no tenemos suficiente para nuestra familia de ocho miembros”, explicaba una estudiante al diario The Times of India. Es posible que algunos solteros también sonrían con las primeras gotas de lluvia y piensen que la tormenta quizá les traiga una novia. La escasez de agua en sus pueblos les ha hecho perder a sus prometidas porque algunos futuros suegros, preocupados por sus hijas, han cancelado bodas ya aprobadas para ahorrarles el peregrinaje diario con el cántaro sobre la cabeza.

Mientras llueve, a lo mejor un concejal escarmentado también piensa en la importancia de abrir un grifo. Unos días antes del primer monzón, cuando se daba un baño en la piscina para aliviarse de los cuarenta y muchos grados, una multitud muy enfadada le fue a buscar hasta el bordillo para reclamarle agua corriente. Hacía cuatro meses que estos vecinos pedían al gobierno municipal que arreglase sus problemas con el suministro pero nadie recogía las quejas. Así que sacaron al concejal del agua, lo vistieron y le obligaron a atender el caso de inmediato. “No tenía conocimiento de este problema”, dice la prensa que declaró tras el chapuzón frustrado. Quizá confiaba en que el nuevo monzón fuera a suavizar los sofocos del verano.

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