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El vino made in Spain quiere conquistar el mercado indio. Mientras los empresarios publicitan los beneficios de una copa entre comidas, en algunos estados del país rige la ley seca, que prohíbe la compra y el consumo de alcohol. Así es en Gujarat, donde los tragos permitidos escasean y las botellas clandestinas se abren en la intimidad.

Publicado en Wikidiari

Es viernes por la tarde, hay fiesta en la oficina y el jefe de una pequeña empresa de la ciudad de Ahmedabad se afana en cerrar las ventanas y correr las cortinas. Se acerca después a la puerta, echa la llave por dentro y tras comprobar que todo está bien cerrado, aparecen: dos botellas de ginebra y media de whisky para brindar con sus seis trabajadores. “Los vecinos son buena gente, pero hay que ser discretos con el alcohol”, dirá. “Ya sabes, por si acaso”.

La compra, venta y consumo están prohibidos en Gujarat desde 1949, un estado al oeste del país con una población de sesenta millones de personas, más de las que viven en la península ibérica. En mayo, una delegación de bodegueros españoles viajó a Nueva Delhi para promocionar el vino patrio entre las clases más pudientes de la India, y en éste segmento Gujarat podría ser un filón: es una poderosa región industrializada con un producto interior bruto por encima de la media nacional. Pero tiene también un hijo ilustre que le ha complicado el negocio al sector alcoholero.

Alcohol_en_India

Mahatma Gandhi nació aquí, y en su batalla por la emancipación de la India dedicó más de un discurso a la bebida, que consideraba “peor que el robo y la prostitución” y capaz de arruinar a un individuo “física, moral, intelectual y económicamente”, alertaba en sus ensayos. No sólo fue una lucha filantrópica: la disminución en el consumo de licores también buscaba reducir los impuestos que recaudaba el todavía ocupante imperio británico. Por una o por las dos razones, el mensaje caló y Gujarat es hoy uno de los pocos lugares en la India donde el alcohol está prohibido.

“Bebo a escondidas para que no me vean los vecinos y no comenten, porque está muy mal visto. O igual vienen en secreto y te piden” dice un gujarati bajo anonimato que pasa la cuarentena, es cabeza de familia y tiene un coche de empresa aparcado en el garaje. Para deshacerse de las pruebas, recomienda tirar las botellas al contenedor de forma disimulada. “O mejor, hacerlo en zonas donde no sepan quién eres”.

Pocos habitantes de la región reconocerán catar la bebida en público, pero muchos lo hacen en privado. La compra en el mercado negro es una práctica extendida y los teléfonos de los traficantes locales se guardan en la agenda móvil, porque se usan con frecuencia. Hay unas pocas excepciones: los extranjeros y los indios de otros estados pueden conseguir bebida legal si tramitan un permiso que limita la adquisición a cuatro botellas al mes. La oficina que expide los carnés es un local con desconchones donde sólo relucen los pósters que alertan contra el alcoholismo, demasiado pueriles para el consumidor adulto (muestran fotos de botellas etiquetadas con calaveras, caricaturas de maridos ebrios y dibujos de hogares abandonados con esposas ojerosas).

Contra la ley seca protestan los ciudadanos que quieren que el mensaje del líder del nacionalismo indio se contextualice: “Si Gandhi estuviera vivo suavizaría su postura sobre la prohibición. Mucho de lo que escribió se basaba en su admiración por las leyes que vetaban el licor en Estados Unidos en los años veinte y treinta, algo que el país hace tiempo que abandonó”, declaraba al diario The Times of India Dinesh Hinduja, cabecilla de un grupo proalcohol cuyas reivindicaciones tuvieron repercusión mediática en el año 2006. A favor de mantener el veto, la creencia social que augura un aumento de la violencia machista si la bebida se legaliza. Esta postura tiene las estadísticas de su parte: en la región seca de Gujarat se encuentran algunas de las ciudades más seguras de la India.

Dioses abstemios
La prohibición sobrepasa lo mundano y ha llegado hasta el altar de Bhairavnath, una deidad amorfa cubierta de flores con un templo en Ahmedabad. La costumbre obligaba a sus devotos a ofrecer botellas de alcohol a la imagen, pero desde hace unos años las normas divinas prefieren no contravenir los preceptos terrenales. “Pedimos a la gente que mejor traiga aceite o leche, aunque muchos intentan engañarnos”, dice el sobrino del sacerdote del templo, que prefiere mantener un perfil bajo y no da su nombre. “No queremos problemas con las autoridades. El alcohol está prohibido y los fieles sólo vienen y lo dejan aquí. Si luego sancionan a alguien, es a nosotros”.

Se estima que en la India viven cuarenta millones de personas con un nivel adquisitivo “extremadamente alto” que pueden permitirse un buen vino, declaraba a la Agencia Efe el embajador español en Nueva Delhi, Gustavo de Arístegui. Dentro de Gujarat, la solución son las bebidas sin alcohol, tercia en conversación telefónica el ministro consejero de la embajada, Ramón Blecua. Y ahí están: en una pequeña tienda, seis botellas de vino hecho en Granada esperan en el mostrador con la etiqueta ‘100% no alcohol’ visible. “Me las ha encargado un cliente”, cuenta el tendero. ¿Y el sabor es igual? “Claro”, asegura con la rotundidad del buen comerciante. “Dicen que el gusto es parecido”.

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