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Publicado en Frontera D

Ganó un concurso y se hizo fotógrafo. Con la cámara colgada al cuello, recorrió la Barcelona de los años sesenta y sus imágenes llenaron portadas durante más de una década. Después saltó a la moda, a las modelos extranjeras, y más tarde se encerró en su estudio para experimentar con la luz. La trayectoria profesional del fotógrafo Eugeni Forcano ha tenido muchas paradas. La suerte –según cuenta hoy al rememorar el pasado- le ha acompañado en todas ellas.

“Tengo el gusto de presentarles las fotografías que van a continuación. Son magníficas, insuperables. Son del señor Forcano, persona que no he visto en mi vida, pero que algún día espero conocer para poderle decir, de palabra y con la mayor cordialidad, que es un gran fotógrafo, exactamente un gran artista”.

Así describió el escritor catalán Josep Pla, en 1966, el trabajo de Eugeni Forcano. Hoy, Eugeni repasa este y otros recuerdos en su piso de Barcelona. A sus 86 años, cuida con esmero la imagen que proyecta ante el visitante: pelo blanco y bigotillo fino arreglado con esmero. Botines lustrados, pantalón negro con raya, camisa oscura de terciopelo. Por encima, un chaleco de raso bordado. La guinda de su conjunto impecable es la cruz plateada que le cuelga sobre el pecho. Eugeni es un hombre bien parecido que exhibe una elegancia excéntrica y que declara entre bromas que no rechazaría unos arreglos digitales en las fotos que le sacan hoy. “Cuando me piden una foto siempre doy la misma… de cuando era joven”.

Las habitaciones de la casa donde vive son una prolongación de su peculiar atuendo. “Soy asiduo del mercado de los Encantes y de los anticuarios”, confiesa sin necesidad, pues los ojos enseguida lo advierten. En cada rincón de su vivienda hay un santo, un mueble barroco o una colección de candelabros. Colgada en la pared descansa una antigua orla universitaria de una promoción que se graduó hace décadas. Sobre ella, grandes fotos de boda de parejas desconocidas. “En esta casa hay muchos huéspedes, pero ninguno es de la familia”, bromea su mujer, María Antonia Lloveras.

El matrimonio me conduce hasta el salón (“pasa, pasa, siéntate”), donde nos esperan varias butacas rococó dispuestas en medio de una marabunta de objetos a los que Eugeni aludirá durante la entrevista.

El concurso de Destino

Eugeni Forcano nació en Canet de Mar (Barcelona) en 1926 y durante su juventud solo fue un fotógrafo aficionado. Aprendió a revelar en su casa siguiendo las instrucciones de un libro, pero lo hacía tan aprisa que las imágenes acababan veladas por no sumergirlas el tiempo requerido en el fijador. A los treinta y cuatro años, con la técnica ya dominada, ganó un concurso de fotografía que convocaba la revista Destino. Ahí empezó su carrera como profesional. “El director me llamó para hacer las portadas de cada número y cambió el sentido de mi vida”, asegura rotundo, aunque la muletilla le valdrá después para referirse a otros momentos importantes de su biografía.

Eugeni se convirtió en fotógrafo de la revista Destino en 1960 y durante catorce años recorrió las calles de Barcelona para retratar en blanco y negro las estampas cotidianas que se le ponían a tiro: señoras que compraban y señores que vendían. Niños, curas y monjas. Corros de vecinos, parejas de enamorados y calles con prostitutas que pululaban en busca de clientes. Escenas variopintas que después aparecían en la portada de Destino.

La revista era entonces una publicación liberal y catalanista que aglutinaba a los intelectuales de la tercera España, esa que no se exilió tras la guerra pero que mantuvo posturas críticas con la dictadura de Franco. Por ella pasaron escritores como Josep Pla, Miguel Delibes, Camilo José Cela y Ana María Matute. “Fue la revista más importante de España, entré en un mundo cultural distinto”, dice con orgullo.

La cámara de Eugeni captaba sonrisas y miradas en el instante que más intensidad tenían. Disparaba a tiempo, cuando la ráfaga de viento levantaba la falda de una señora y dejaba al aire su ropa interior. Sus fotos retenían lo espontáneo, la vida de la calle sin poses ni preparativos. Por eso el espectador que las mira hoy descubre personajes, gestos y actitudes antiguas que dibujan una España distinta, que ya se fue. Ahí reside su valor.

“Iba por la calle y disparaba a aquello que me impresionaba. No miraba nunca por el visor porque era llamar la atención. Si las personas estaban próximas y veían la cámara, la foto ya no tenía interés. Lo bonito era cogerlas tal y como eran, tal y como se expresaban”, explica tomando entre las manos una vieja máquina que durante años fue su compañera de fatigas y que ahora reposa en el salón como un adorno más. Eugeni explica su experiencia de forma prosaica y evita todo halo de misticismo en su discurso, algo que contraviene el estereotipo del fotógrafo consagrado que uno espera encontrar. Habla de la buena fotografía como si fuese un arte sencillo y sus palabras alientan las aspiraciones de cualquier aficionado: “No es necesario estudiar, el fotógrafo solo debe tener el alma dispuesta y afición, y eso es fácil. La clave está en comunicar con cada disparo. En una academia no te enseñan la ilusión”.

Monjas y hombres

El pan nuestro de cada día (1962) inmortaliza a una mujer oronda que sostiene cuatro barras de pan entre sus brazos. Conversa alegre mientras las asas de una bolsa repleta se hunden en su brazo carnoso. “En aquella época poder comer pan te hacía feliz, por eso aquella mujer lo parecía”, cuenta Forcano. En 2005 recibió un correo electrónico que le cambió su visión de la foto: “Alguien me escribió desde Mallorca para decirme que había reconocido a su abuela en una exposición. Me contó que aquella señora de la imagen se ganó la vida fregando escaleras de rodillas y terminó paralítica en un cuarto piso de Barcelona”.

¿El fotógrafo piensa en la repercusión que tendrán luego sus imágenes? “Yo hago las fotos que me emocionan. No sé si gustarán o no. Sé si yo disfruto y me emociono”, reconoce. Solo una vez sus disparos se toparon con la censura, cuando el cardenal de Barcelona le acusó de manipular la imagen de unas monjas –dos hermanas con hábito sentadas en la playa junto al resto de bañistas-. “Tuve que ir con los negativos originales para demostrar que no era un montaje”, cuenta. Y después añade divertido que esperó con malicia a que pasara un hombre por delante de las monjas antes de disparar para que la foto tuviera “más interés”.

La religión y el pecado

“En casa éramos muy religiosos, creíamos ciegamente, pero era un fastidio porque veíamos pecados en todas partes”, dice Eugeni sobre su fe. Y explica después una experiencia que alteró sus creencias: “Mi padre era apoderado de una fábrica. Era católico, perfecto, ayudaba a todo el mundo, pero su empresa hizo suspensión de pagos y antes, si eras católico, quedabas muy avergonzado. Eso hoy ya no pasa”, apostilla. “Yo era todavía joven y mi padre me confesó llorando, dentro de la catedral, que lo habíamos perdido todo”.

Para paliar la crisis familiar Eugeni se compró una bicicleta triciclo, se fue a la ciudad de Barcelona y se hizo mensajero. “En aquella etapa empecé a decir coño, hostia, collons… Tenía que estar ambientado con la gente de la calle con la que me codeaba”, dice para justificar la ristra de tacos que acaba de pronunciar. También entonces aprendió cuánto sufrían las personas para ganarse la vida: “Fui a una casa de prostitutas a entregar un paquete y no pudieron pagarme. Tuve que esperar allí hasta que vino un cliente, entonces reunieron el dinero”, relata con picardía. “Fue una experiencia de miedo”, dice, y estallamos todos en risas.

“¿Tú has oído hablar de Raquel Meller?”, me pregunta convencido de que es la primera vez que escucho ese nombre. La vedette aragonesa recibía cada semana una caja de bombones que le enviaba su amiga Sara Montiel. Eugeni se presentaba ante su puerta para entregar el paquete y la cupletista, ya anciana y desconfiada, abría solo una rendija para recogerlo. “Al cabo de varios días me dejó entrar y quedé alucinado. Tenía todo lleno de fotos y hasta me dedicó una con estas palabras: De la española más española de España”. Eugeni aún no sabía que varios años después él sería fotógrafo y que otras muchas modelos, tan presumidas como la vedette, posarían coquetas delante de su cámara.

Un carrete inglés

La popularidad de Forcano creció durante los años que trabajó para Destino y a partir de ahí se sucedieron los encargos. “Todo creyeron que era un buen fotógrafo y no lo era”, bromea para enlazar con una anécdota: lo siguiente que le ofrecieron fue un catálogo de moda. Se presentó a la entrevista con fingida seguridad para que le adjudicaran el trabajo, pero al salir del despacho sintió que las piernas no le respondían: no había hecho una foto en color en su vida. Compró un carrete con el prospecto en inglés y confió en la traducción que le hizo su hermano. Los nervios lo mantuvieron despierto toda la noche, pero en la sesión del día siguiente las fotos salieron bien. “Entonces el problema fue que no sabía cuanto cobrarles”, relata como colofón de la historia.

A partir de aquel momento Forcano coqueteó con la fotografía de moda y acabó dedicado a ella por completo tras abandonar Destino en 1974. Esta nueva etapa le proporcionó una vida cómoda llena de exposiciones, premios y dinero. Las sesiones con modelos extranjeras satisfacían el bolsillo del fotógrafo, pero no su alma de artista, por eso utilizó las ganancias para experimentar con la cámara más allá de los maniquíes.

Trabajó seis años en la oscuridad de su estudio siguiendo esta premisa: si los escultores utilizan el bronce como materia prima y los pintores la pintura, ¿por qué los fotógrafos no pueden utilizar la luz eléctrica como elemento generador de imágenes? Al cabo de muchas pruebas dio con lo que buscaba: “Conseguí provocar el azar a través de la luz eléctrica”, anuncia mostrando unas fotos con manchas irisadas de colores que sugieren formas diversas. “La luz es transparente, nítida, pero conseguí que tuviese textura”, explica mientras se esmera revolviendo las cajas donde guarda las fotos. ¿Lo que fotografía son chispas? “No, las chispas se escapan ante la cámara”. ¿Es luz en movimiento? “No, pero no revelaré el secreto. Solo hay una persona que me ha visto trabajar, mi colaboradora desde hace cuarenta y cinco años”, dice a modo de disculpa, e insiste en mostrar las “texturas lumínicas” conseguidas con esa técnica misteriosa que guarda con celo.

Eugeni aparcó las cámaras en 1995, pero le pregunto por la fotografía actual: “El digital es cojonudo, imagínese, los reporteros no tienen ni que revelar. Lo que sí necesitan sonpizzels en cantidad, ¿no se llama así?, para que las fotos tenga alta fidelidad”, explica divertido, consciente de que no maneja con propiedad la nueva jerga de la profesión. “Eso sí, veremos lo que aguanta el digital, porque las fotos a lo mejor se pierden. Las que están en soporte digital no se garantiza que vayan a durar como las otras. Muchos fotógrafos se están volviendo al carrete”.

Suerte. Eugeni Forcano repite esta palabra al hablar de todas las etapas de su carrera. Dice que la tuvo al ganar el concurso de Destino y que le ha acompañado en diferentes momentos profesionales.  “Yo nunca he pedido trabajo como fotógrafo, siempre me lo han ofrecido y he podido elegir”. Ahora, ya jubilado, se dedica a inaugurar las exposiciones que le dedican cada cierto tiempo y a atender a todos los que se interesan por él. “¿No viste el programa ese en el que me sacaron? Me lo hicieron muy bien”, dice con la ilusión del que ha aparecido en televisión.

¿Alguna vez estuvo tentado de meterse en política? “No tuve tiempo, estaba siempre trabajando. Me hubiera gustado ser revolucionario comunista, pero sin muertes. Hay mucha gente que no tiene voz. Para ir bien, tendríamos que estar como en la India con Gandhi. Pero eso no puede ser, solo sale una vez en la vida”.

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