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Publicado en Wikidiario

Un té helado para Sonia Segura, nacida en Girona hace 37 años y doctora en Bioquímica. Su compañera, Laura Díaz, pide un café con leche y una pasta. Ella tiene 36, es de Barcelona y se licenció en Ciencias Físicas. Mientras llevan su merienda a la mesa, las dos amigas hablan de las dificultades que encuentran en algunos establecimientos para asegurarse de que los productos que consumen no tienen carne de cerdo.

Ambas han elegido un atuendo parecido: llevan un vestido camisero, unos pantalones y un pañuelo ceñido a la cabeza. Laura tiene la piel blanca y luce un velo negro salpicado por pequeñas rayas plateadas. Sonia es de tez morena y cubre su pelo con una tela color crema. Prefieren que no les haga una foto “para luego no salir en el buscador de imágenes de Google”, confiesa Laura entre risas, pero las dos amigas explican sin ambages su experiencia como musulmanas conversas que llevan el velo con orgullo.

Las dos se convirtieron al islam en el año 2007. En España viven casi 1.6 millones de musulmanes y en Cataluña 427.138, según el último estudio demográfico de la Unión de Comunidades Islámicas de España (UCIDE). Dos terceras partes de los musulmanes residentes en España no tienen la nacionalidad española. En Cataluña esta proporción es menor: ronda el 15%.

“Es difícil ser musulmana en nuestro país, tiene muchos momentos adversos”, reconoce Sonia. “No acabamos nunca, tenemos mucho trabajo para desmontar los tópicos asociados a nuestra religión”, concluye Laura.

 Las dos os habéis criado en un contexto donde había poco contacto con el islam. ¿Cómo fue vuestro proceso de conversión?

Laura: Yo siempre he sido creyente católica, me eduqué en un colegio de monjas. En mi época de universidad viví un ambiente muy ateo en la facultad, pero siempre pensé que después de licenciarme tenía que volver a la religión. Eso sí, nunca pensé en el islam. Entonces conocí a un chico musulmán y durante medio año discutimos mucho sobre religión. ¡Debatíamos hasta las homilías de la parroquia a la que yo iba! Él defendía una postura mucho más coherente que la mía en la relación entre teoría y práctica. Al final me convencieron sus argumentos y me hice musulmana.

Sonia: Yo me he criado en un contexto duro de ateísmo. Imagínate, mi padre era comunista. Todo lo que escuchaba en casa era anti religión. En la universidad conocí a un chico cristiano con el que estuve once años y él fue la primera persona religiosa con la que tuve relación. Al principio discutíamos mucho. Murió una tía de su padre y me sorprendió la esperanza con la que afrontaron su pérdida. Aunque discutía con mi novio sobre religión, en el fondo anhelaba sentir lo que él sentía.

¿Por eso te convertiste?

S: No. Rompí con el chico y pasé por un momento frágil. Entonces empecé a sentir intuiciones e hice varios viajes a Marruecos y Egipto. Allí entré en contacto con el islam y con valores humanos como la hospitalidad, la felicidad y la alegría vital. Aquello me recordó a las historias que siempre me habían contado mis padres sobre los tiempos de la pobreza en Andalucía, cuando la gente pasaba hambre y aun así todos se ayudaban y compartían. Después hice un viaje al desierto que me cambió y estuve un año reflexionando. Al final, me convertí un verano en casa de un matrimonio de Mallorca.

¿Vuestras familias lo entendieron?

L: Mi madre pensó que era una fiebre pasajera. Lo malo es que había un chico de por medio y todo el mundo daba por hecho que la conversión fue por amor. Para mi madre fue un colapso, sobre todo el tema del velo, aunque entiendo que le costara digerirlo. Ella pensaba lo mismo que antes había pensado yo: que las mujeres que lo llevaban eran unas pobres sumisas de algún pueblo perdido de Marruecos, que eran ignorantes y, además, era probable que sus maridos les pegasen.

S: Simplemente, no entra dentro de los esquemas de la gente que te hagas musulmana. “Ay, Sonia, parecías más lista”, me han dicho alguna vez. ¡Pues fíjate que soy doctora en bioquímica! Para la familia es duro, pero con el tiempo te acaban respetando porque ven que lo haces convencida, que la vida te va bien y que estás feliz. Lo que quieren es verte contenta.

Amnistía Internacional acaba de publicar un informe que denuncia la discriminación que sufren los musulmanes que viven en España. Una de las conclusiones es que el velo puede penalizar a una mujer que busca trabajo. ¿Cuál es vuestra experiencia?

L: Yo me hice musulmana cuando estaba en paro. A las entrevistas iba con velo y estoy segura de que en muchas empresas no me cogieron por llevarlo, pero nunca me lo dijeron directamente. Ahora trabajo como teleoperadora para la Generalitat de Cataluña. Algunas compañeras me dicen que llevar el pañuelo es aceptar la discriminación.

S: Yo soy funcionaria. Doy clases en un instituto de Sabadell y allí respetan mi decisión de llevar el velo, aunque me lo pongo disimulado, recogido en un moño a la altura de la nuca. En España hay un sistema legislativo que defiende la libertad religiosa, pero a la hora de la verdad hay muchas dificultades. En Estados Unidos e Inglaterra la práctica religiosa es ejemplar, porque contemplan el velo hasta en los uniformes laborales de los hoteles. Quizá están más acostumbrados a la pluralidad religiosa y no perciben la religión como una agresión a su cultura.

Una de las críticas frecuentes al pañuelo es que oculta la feminidad de quien lo lleva. De hecho, uno de los hitos del feminismo occidental es haber normalizado el destape de la mujer. ¿Las musulmanas renunciáis a vuestra belleza?

S: En España la mujer es un producto, se le valora por su físico. Cuando una chica se cubre con un pañuelo, su cuerpo queda en un segundo plano y entonces lo que destaca es su carácter o su inteligencia. En el islam, la belleza se reserva para la relación de pareja. ¡Y no te pienses que ahí hay tabúes! (risas). El sexo es una parte más de la vivencia humana, la experiencia de los sentidos no se diferencia de lo espiritual.

L: Hay que ser musulmán para entenderlo, porque el tema está muy manipulado. La mujer tiene una belleza potente y es consciente de que tiene mucho poder. Podemos hacer que un hombre caiga a nuestros pies cuando queramos, podemos explotar esa cualidad para encontrar trabajo, por ejemplo. Pero si lo hacemos, estamos utilizando mal el recurso, porque fomentamos que el sexo opuesto nos vea sólo como un cuerpo. En España se le da tanta importancia al físico femenino que acaba convirtiéndose en una esclavitud. Mira a las adolescentes, que tienen una pasión desmesurada por las modelos. Nosotras reservamos nuestra belleza para el espacio privado, para la pareja. Al final, ¿a quién te interesa tener bien amarrado y seducido?

Otro de los tópicos dice que los hombres musulmanes son machistas y obligan a las mujeres a cubrirse con el pañuelo para sentirse superiores.

S: Hay muchos musulmanes que son machistas, pero la presión del hombre sobre la mujer es cuestión de relaciones. El machismo es universal y ha estado en todos los tiempos de la Historia y de la cultura. Yo misma he tenido que luchar contra muchos prejuicios porque también creía todas esas cosas que se dicen sobre el islam. En España tenemos un contexto especial, pesa mucho la idea de invasión musulmana, el clásico “miedo al moro”. Tengo una compañera de Venezuela y sus padres no han vivido ningún shock porque se pasase al islam. Están limpios de la conciencia tan negativa que tenemos aquí.

L: No te lo niego, pueden darse casos de hombres que obliguen a sus mujeres a llevar el velo, pero para nosotras eso también es una discusión, a veces no entendemos por qué pasa. Nosotras, que hemos empezado en el islam desde abajo, lo vemos como simple machismo que no tiene que ver con la religión.

Ser catalana y musulmana no parece una opción fácil ¿Cómo vivís el estar siempre justificando vuestra elección religiosa?

L: Hoy todos nos creemos muy modernos y decimos que no nos importa lo que piensen los demás de nosotros, pero todo el mundo necesita ser aceptado socialmente. Que te acepten como musulmana cuesta mucho.

S: Nuestra sociedad tiende a uniformizar a todo el mundo. Cuando un grupo se siente superior, se relaja y no tiene inquietud por conocer al otro. Yo antes pensaba igual, claro, pero desde que soy musulmana he tenido mucha apertura. Con el pañuelo, que cada uno haga lo que quiera, pero en España nos falta todavía mucho respeto y conocimiento. Si llevas el velo, enseguida te desacreditan.

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