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El pasado enero, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) concedió una ayuda de 150.000 euros a la Fundación Repsol YPF de Ecuador. El objetivo: financiar un proyecto solidario que fortaleciese “los emprendimientos económicos y sociales” de las comunidades que viven en la zona donde la petrolera realiza sus extracciones. Según expusieron el Movimiento 15M y el grupo parlamentario La Izquierda Plural, la actividad de Repsol en la amazonía ecuatoriana acumula denuncias por violar derechos humanos, sociales y medioambientales. Por eso ambos grupos protestaron contra una subvención con fondos públicos que, vestida de cooperación, intentaba mejorar la imagen de una empresa privada española.

¿Son solidarias todas las actividades que pretenden mejorar la situación de un grupo humano? No, pero es difícil detectar los fraudes, porque todo proyecto acompañado de las siglas ONG o de términos como ‘cooperación y desarrollo’ desactiva las suspicacias de la sociedad. Imaginamos solidaridad detrás de estas propuestas aunque algunas persigan intereses privados. En otros casos, pese a que exista verdadero altruismo en el origen del proyecto, las acciones emprendidas pueden estar equivocadas. ¿El éxito de una actividad debe medirse  por sus intenciones?

La caridad molesta

El escritor Albert Sánchez-Piñol resumía la situación con acierto en su artículo Historia universal de la inutilidad (Diario Ara, 19/07/2011): “Al principio, la función de organizaciones como Amnistía Internacional o Greenpeace era señalar a los gobiernos con un dedo acusador para decirles ‘Tú torturas’ o ‘Tú contaminas’. Así se obligaba a los gobiernos a rectificar y reparar el mal causado”. Pero luego aparecieron los organismos ‘sin fronteras’ –médicos, ingenieros, payasos- que alteraron esta forma de actuar. “Se invertía el principio: ya no se exigía al poder que solucionase el problema, sino que las ONG se ofrecían a hacerlo”.

Esta nueva lógica sustituyó la solidaridad entre iguales –hoy te ayudo yo, mañana lo haces tú- por la caridad – solo yo tengo capacidad para ayudarte, solo tú recibes-. Bajo este esquema, los países occidentales hemos asumido la tarea de ayudar cargando con un prejuicio: los demás no tienen nada que enseñarnos.

¿Cuántas veces hemos intentado alterar la idiosincrasia de un pueblo creyendo que hacíamos un bien? “Todas las culturas piensan que son las mejores, pero la modernidad hace que solo el occidental quiera expandir la suya”, explica la antropóloga del Centro de Estudios Africanos de Barcelona (CEA), Lola López.

Sirva como ejemplo del buen hacer la conferencia ‘Finanzas islámicas: sistema alternativo en plena crisis económica’ programada por el CEA. No es un proyecto de cooperación al uso, pero dice mucho de la actitud que debería guiar toda acción solidaria: ahora que los desahucios y los embargos abundan en España, el centro propone que nos asomemos a otra cultura para conocer un sistema financiero alternativo. Sin usura. Con riesgos compartidos entre banca y cliente. Desconozco si el modelo podría aplicarse en España, pero el mero hecho de considerarlo y darle valor es una buena forma de acercarnos a la cultura del otro, ese con el que vamos a cooperar.

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