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Debemos frenar la matanza de civiles en Siria. Para el ciudadano de a pie, el imperativo moral apremia: en un año, el régimen de Bashar Al-Assad ha asesinado a más de 6.500 opositores que pedían mayores libertades en el país. Por eso debemos pedir a nuestros gobiernos que tomen parte en el conflicto, pero no en su vertiente armada. Usada con pericia, la diplomacia en bloque puede ser tan eficaz como los aviones no tripulados. 

Los muertos avergüenzan a la comunidad internacional. Cuando son demasiado, los argumentos de quienes se niegan a intervenir son difíciles de sostener: “Crecerá la presión en países como Rusia y China porque la opinión pública no puede hacer la vista gorda”, decía Hillary Clinton en Londres el pasado 22 de febrero.

En un mundo globalizado, donde los países dependen de sus lazos con el exterior, es posible hacer un frente común para aislar a un Estado: si se congelan las cuentas de la familia Al-Assad, el régimen carecerá de fondos para financiar su guerra y para sostener con dinero su pirámide de apoyos. Por otro lado, si se impone la entrada de agencias humanitarias y otras organizaciones en el país, la lucha de la oposición siria será más sostenible. El objetivo es reprimir la violencia de Estado a través de métodos indirectos.

Respetar los tiempos

Aunque los países más comprometidos utilicen motivos altruistas para intervenir en Siria, todos esconden razones geopolíticas. Estados Unidos y Europa, por ejemplo, se sentirían más cómodos si cayese el gobierno de Bashar Al-Assad: ahora que el panorama internacional se enreda por el deseo de Israel de declararle la guerra a Irán, la desaparición de su aliado sirio ayudaría a rebajar las tensiones.

Pero debemos diferenciar dos procesos. Acabar con el asesinato de civiles es urgente y nos compete a todos; hacer que caiga Al-Assad es decisión de los sirios. Y debemos respetar sus tiempos.

Siria es un estado plural con diferentes comunidades confesionales y étnicas. Tras un año de protestas, la oposición ha establecido plataformas de acción común que agrupan varias sensibilidades políticas, pero todavía está dividida y carece de una cabeza que lidere. Si se nutre de armas a ciertas facciones, bajo el pretexto de frenar las matanzas, o si se despliega una operación militar internacional, se alterará también el desarrollo de la oposición. Ciertos grupos saldrán reforzados. Se acelerarán procesos, se reducirá el diálogo. Y la violencia empleada por unos y otros repercutirá en la convivencia tras el conflicto.

Bashar Al-Assad se ha mostrado incapaz de atender las reivindicaciones políticas de su país, por eso la comunidad internacional debe contribuir a que el régimen se debilite al tiempo que la oposición se desarrolla. Un gobierno que languidece pierde apoyos por el camino, y si Al-Assad pierde fuerza, los grupos que lo apoyan acabarán abandonándolo por pragmatismo político. Así, una vez que se haya ido, la oposición podrá trabajará para aunar las voluntades de todos de modo constructivo, libre de los resentimientos derivados de la violencia.

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