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Publicado en Diario de Teruel.

El Centro Aragonés de Barcelona busca niños para llenar sus clases de iniciación a la jota. Pero son sus abuelos, que emigraron a Cataluña en los sesenta, quienes están en el punto de mira: en ellos recae la labor de enganchar a la tercera generación con sus raíces aragonesas.

“Yayo, esta tarde tenemos jota”, dice Clara por la mañana. A media tarde, antes de entrar en el aula, corretea por un pasillo repitiendo que quiere bailar. Tiene cuatro años y prisa por empezar. Ella y sus hermanas, Noa (5) y Naiara (8), inauguran la primera clase de jota infantil que el Centro Aragonés de Barcelona imparte en muchos años.

“¿Habéis traído zapatillas?”, pregunta el profesor. Y el yayo Miguel aparece. Cargado con tres mochilas, sienta a las niñas en varias sillas y reparte el calzado. Él las ha convencido y él se encargará de llevarlas a clase cada viernes. “No sabes la ilusión que me haría si las viese bailar la jota vestidas de baturras. Es lo último que me propongo”, bromea.

Miguel Ángel Rodríguez dejó Tauste hace más de cuarenta años. Ha vivido más tiempo fuera de Aragón que dentro, y sus hijos y nietos son catalanes. Pero conserva el gusto por el folclore de su tierra. En época de fútbol, idiomas y otras actividades extraescolares, ha conseguido algo que pocos logran: que sus nietas se acerquen a las raíces culturales de una parte de la familia. Es difícil atraer a los niños hacia la jota. Quizás un desencanto sea una buena oportunidad: “El hip-hop era un rollo, siempre hacíamos lo mismo”, explica Naiara, la mayor de las hermanas.

El último grupo

El Centro Aragonés de Barcelona es el más antiguo de Cataluña y el que más socios tiene, pero casi todos son abuelos. Por eso la casa madre se está quedando sin jotas. “No ha habido relevo generacional”, explica María Jesús Jiménez, de 34 años, miembro de uno de los dos grupos de adultos que ensayan en el centro.

“La escuela va muriendo a medida que crecemos quienes empezamos en los ochenta. Cuando me apunté, a los cinco años, había grupos de todas las edades. Los más mayores hacían actuaciones y nuestra aspiración era llegar a donde estaban ellos. Mi quinta ha sido la última, detrás de nosotros no ha venido nadie más”, lamenta.

En su primer contacto con la jota, Clara, Noa y Naiara trastabillan en las repeticiones de puntas y tacones. Confunden la izquierda con la derecha y dan vueltas hacia el lado equivocado. Pero el profesor puede dedicarles todo su tiempo porque están solas en el gimnasio. En la siguiente clase habrá dos niñas nuevas. En los próximos meses, se espera poder reunir a más joteros.

Un grupo sólido necesita un mínimo de cuatro parejas y eso requiere encontrar niños. Aparece aquí un viejo escollo: “Convence tú a los chicos de que se apunten a bailar jotas. Cuando éramos pequeños tampoco querían venir, los traían obligados”, recuerda Jiménez.

El profesor, Javier Moraz, también empezó de niño. Y como sucede hoy con los que empiezan, era su abuelo quien lo llevaba a clase mientras sus padres trabajaban. Después de años aprendiendo y enseñando jota, sabe resumir con acierto las claves de la situación actual: “Los abuelos tienen más tiempo e interés. Ellos son los aragoneses, los padres ya son catalanes”.

Los bailes tradicionales no son una opción atractiva porque pasaron de moda, pero también aquí hay excepciones. Moraz destaca el auge del flamenco en los últimos años y habla de quienes están recibiendo clases sin ser andaluces. “El flamenco ha tenido buena publicidad”, por eso insiste en que se conozcan las bondades de la jota, uno de los bailes tradicionales más completos, que desarrolla la coordinación y en el que se trabaja con todo el cuerpo.

 Verano en el pueblo

Los abuelos querrían ver a sus nietos vestidos de baturros, pero saben que acercarlos al Centro Aragonés es difícil. “¿Qué le puedes ofrecer a un niño que no le puede dar cualquier otro sitio en Barcelona? No hay nada”, se plantea Jiménez. En su opinión, no sirven los argumentos racionales, sino los sentimientos. El apego nace en casa si los adultos están vinculados a la tierra o si los niños pasan el verano en Aragón.

En este punto, el presidente del centro interviene: “Los abuelos debemos ser comedidos. La jota es algo muy nuestro, pero no de los niños”, advierte Jacinto Bello. Traspasar los sentimientos aragoneses a la tercera generación requiere mano izquierda y respeto, sobre todo con la autoridad los padres, que quedan en medio del cruce de deseos. Ellos, el eslabón intermedio de la cadena, fueron los primeros en no vincularse al centro cuando tuvieron la oportunidad.

Termina la clase. Clara, Noa y Naiara se despiden hasta el próximo día. También lo hace el yayo Miguel. Aún es pronto para saber si la jota seducirá a alguna de las hermanas, pero si eso ocurre, su abuelo acudirá al gimnasio puntual, cada viernes, cargando con la mochila de los zapatos.

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Emigrantes diferentes

En los años sesenta, los recién llegados a Cataluña acudían al Centro Aragonés de Barcelona por voluntad propia. Buscaban encontrarse con gente cercana, hablar con los paisanos. En una ciudad donde no conocían a nadie, dar con el que venía de un pueblo cercano al propio era una experiencia reconfortante.

La emigración de hoy ha cambiado y los que dejan Aragón ya no están interesados en el centro. El teléfono, el e-mail y las distancias, que hoy se perciben más cortas, reducen el sentimiento de desarraigo.

“Los peruanos, bolivianos y otros extranjeros están organizándose en centros que funcionan muy bien, como pasó con los aragoneses al principio”, analiza María Jesús Jiménez, vocal de la junta directiva del Centro Aragonés. “A los nuevos que nos visitan les pregunto qué esperan encontrar, pero nadie me ha sabido dar la respuesta. Si alguien lo hace, prometo luchar para conseguirlo”.

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